Se me habían erizado los pelos con solo escuchar los
primeros acordes de la canción. Banda sonora de una de mis películas favoritas,
podría decirse que formaba parte de la banda sonora de mi propia vida. Una de
esas canciones que se fosiliza en tus huesos y reaparece en esos instantes de
extrema felicidad en el que los recuerdos afloran sin cesar y sonreímos como
tontos. Podría escucharla cien veces seguidas, y en cada una de ellas me
emocionaría como la primera. De hecho, estas líneas representan un éxtasis de
imágenes que me vienen a la memoria, arrastradas por esa melodía hipnótica.
Música, música, música… Nada podrá jamás levantar y suscitar tanto ánimo e
inspiración como esa canción fetiche, nuestra canción, nuestros ritmos preferidos.
Por mis oídos pude ver un lejano mundo, quizá más
real de lo que mi imaginación pretendía, propio de caballeros, con extensos
paisajes reinados por inmensos palacios; moderno, ilustrado, romántico,
excéntrico, bohemio. Un mélange en el
que descansar en paz, la catarsis de un ser que camina sin rumbo aparente en el
tedioso infierno de la indiferencia. Mis alas, la libertad. Mi meta: que mi
corazón vuelva a latir una vez más para poder saborear esa escena.
Música y literatura
¿Y qué diferencia hay? Puntos sobre líneas, líneas
sobre blanco, pausas, rítmica, emociones.
Papel pintado con emociones. Una letra puede
significar un recuerdo. Perenne, imborrable.
La felicidad se encuentra en saber cuál es la melodía que acompaña cada
paso en nuestro camino. Poco importa el instrumento. Cierro los ojos, música en
mis oídos, mi mente viaja a ese mundo de locos felices en el que los cuerdos no
tienen cabida. Ese hormigueo recorre mi espalda, mis piernas, mi pecho, mis
brazos, y mis manos bailarinas trazan sobre el
lienzo una sinfonía en prosa.
Vuelta instantánea a la realidad. Sobre la ventana
van descansando pequeños copos de nieve pura. A lo lejos, luces de colores en
las casas que contrastan con el negro manto de la diosa Noche. Adornos que
ocultan el mundo gris donde se marchitan poco a poco nuestras almas. Sin
embargo, la ilusión de las personas consigue desterrar la cotidianidad, el
hastío. Y otra vez: música, música, música. Cascabeles y campanas. Música. ¿He
vuelto a la realidad, o sigo en mi mundo escapatorio? ¡Aleluya!
Y mientras, mis manos siguen y siguen sin parar, en
un vano intento de ilustraros con la belleza captada por mis ojos, por el mundo
que mis oídos escuchan desde la ventana de mi habitación. Cada recuerdo es una
pequeña y sensual caricia que mi mente regala a mis manos, que presurosas, lo
plasman sobre el blanco papel. Los olores de otrora se diluyen en cada coma, en
cada punto que componen esta historia, convirtiéndose en el aire del texto. Un
guiño bien podría ser cada pequeña parte del todo.
Literatura y música.
Dos ramas tan parecidas no podrían sino juntarse
para limar las imperfecciones de nuestras existencias, descubriéndonos cada
poco un meandro, un recodo de este inmenso río que nace con tiernas ilusiones,
infantil y coqueto, para tornarse poco a poco en una masa de agua consistente,
que podrá hacerse su propio camino sorteando los obstáculos que se encuentre
para finalmente, descansar en el gran azul, libres de toda preocupación.
Imaginaos un mundo sin música, sin libros, sin esa magia
infinita que cada letra, cada nota endulza nuestros paladares. Imaginaos un
mundo sin ilusión…sin pájaros de papel…