Sobre las fachadas de las casas colindantes podía
contemplar los últimos rayos que el sol nos regalaba antes de irse a descansar.
Fulgurantes, se estrellaban contra la argamasa arcillosa o contra los vítreos
ojos de cada edificio, despidiendo con el impacto colores cálidos, suaves
anaranjados que contrastaban con el negro de las sombras que ya se apoderaban
de las calles. El amarillo bien podría representar el sambenito que vestía el
día, próximo a su juicio final. Acompañándolos, el rojo, emblema de la pasión
con la que las personas vivían cada una de esas horas efímeras, cada uno de
esos interminables instantes en los que el sol se apartaba de la vista pero
seguía estando, oculto, resistiéndose a partir. Intentar inmortalizar el
momento con algo que no fuera mi vista, mi imaginación, mi memoria…era
imposible. Único, irrepetible. Así definía ese momento del día, así aún lo
defino. El cruce de la Luna y el Sol, la puerta al mundo humano de seres
maravillosos que encantan el mundo con su magia.
¿Quién quiere vivir para
siempre?, en su versión más española, si no es para poder observar el paisaje bajo
el tintineo de las últimas gotas de luz que bañan el paisaje. El hecho de
encontrarme en octubre no impide que pueda aprovecharme del momento, violarlo
con mis retinas, teniendo la ventana abierta. Más puedo añadir a este goce de
sensaciones, pues el olor al fresco otoñal, alguna chimenea ya humeante hacen
que disfrute aún si cabe más de esa experiencia catártica. Como cada tarde,
asomado y evadiendo mis pensamientos en la más absoluta soledad, me dispongo
sobre el alféizar y, con una pasmosa calma interior, respiro hondo y me dejo
llevar, dejo que mi mente vague libre por las calles de la inventiva.
Hoy no es distinto, o casi. La ventana de doble
cristal ha sido reemplazada por dos ventanas corredizas. Las fotos, recogidas,
han dejado paso a la sobriedad de una pared de color calcáreo. Ya no hay
armarios, ya no hay Les Confessions, pero
su lugar lo ocupa La Mano de Fátima. Ya
no hay ningún mapa indicando ninguna línea de ningún autobús urbano en los que,
obligatoriamente, y bajo pena de multa, “Je
monte, je valide!”. Las baldas sobrepuestas a la cama se han convertido en una
mesita con cajones. Incluso las vistas desde esa ventana idílica han cambiado! Los
paseos, en llano; el bus, para ir al trabajo… ¡Quién lo diría hace cuatro
años!; los compañeros, los amigos, la familia, está lejos, ausente, hace mucho
tiempo que no nos vemos (con pequeñas excepciones), aunque sé que en el fondo
de mi corazón están todos los días en la cuisine.
He cambiado el tercero por un noveno, la veinte por la tres, los vecinos
foráneos por casi casi gente bañezana, de la tierriña. ¡Joder!, si he cambiado
hasta la perilla por una barba descuidada y bohemia.
Sin embargo, toda esa lejanía, todos esos cambios,
todo eso vuelve a mí cada vez que, apoyado en el alféizar de mi noveno, con la
ventana abierta, a principios de octubre, con un calor sofocante, y con la
última muestra de luz de un día cualquiera, todo eso vuelve a mí si cierro los
ojos. Aún, cuatro años después, Tours vive en mí. Después de todo este tiempo
sin saber el uno del otro, nos sonreímos en cada foto, en cada vídeo, en cada
recuerdo.
Tours, querida, eres especial.

