Tours, un día cualquiera por la tarde. Me gusta
recorrer la vereda del rio hasta la fuente de los enamorados. Tranquilo,
pensando cada paso, observando todo a mi alrededor, respirando aire de
primavera. El río ha bajado un montón, me recuerda a verano. Los pájaros
amenizan mi paseo, la suave brisa acaricia mi piel. Acabo de salir de clase y
estoy cansado, ha sido un día duro, así que quiero tomarme la tarde para mí
solo. Voy hacia la fuente de los enamorados, necesito inspiración para mi
próxima entrada en el blog, que ya hace mucho que no escribo. Tranquilidad absoluta.
No hay nadie, el sol calienta en lo alto. De vez en cuando el tranvía rompe ese
silencio perfecto. Sentado en la fuente, cierro los ojos y me dejo llevar, rozo
con la punta de mis dedos el agua fría de la fuente. Tranquilidad total. Me encantan
estos momentos de soledad, de poder olvidarme de todo y simplemente poder
respirar hondo. Y parece mentira, pero todos los papeles, los libros por leer,
trabajos, exámenes, etc acaban haciendo que necesitemos estos momentos. Dos chiquillos
pasan corriendo por esa pequeña plaza apartada de todo, y pienso para mí en
todo lo que les espera para por lo menos llegar a sentarse en esa fuente para
poder coger aire. Después de un rato, me levanto y cruzo el puente Wilson,
fijándome en que las gaviotas cada vez son más y ya se ven las bases del
puente: ¡Cuánto ha cambiado de un día para otro! Sigo andando hasta llegar a la
residencia, donde, después de pagar, mirar el correo (¡Olé, una carta de mi
princesa!), subir las escaleras y abrir la puerta de mi “chambre” me olvido de
ese relax, de ese momento, y me pongo a leer La Condition Humaine, para mi
trabajo de fin de grado. Me pierden tantas letras leídas, tanta información. Apoyado
a la ventana, me distraigo con cada sonido. Con cada rayo de sol que baña mi
cara. ¡Vaya tarde! Sobre las 19.30 el sol empieza su verdadero descenso hacia
el fin, pero no es definitivo, el sol volverá a renacer de sus cenizas como un
ave fénix la mañana siguiente. Poco a poco en su lento descenso va dejando
pequeñas pinceladas preciosas sobre el cielo. Pinceladas rosas, anaranjadas,
que hacen que me quede embobado mirando. Una foto, dos, tres, cuatro. No hay cámara de fotos tan buena como la vista
humana, es lo malo. Pero ese atardecer, uno de tantos, me deja pillado. Recibo noticias
de España: está lloviendo sin parar. Y yo aquí, apoyado en la ventana en abril,
con calor, viendo un precioso atardecer. Una inmensa paz recorre mi interior, y
sin pensármelo dos veces, cojo un boli y un papel y escribo este maravilloso
retrato de una tarde cualquiera. Un atardecer cualquiera, en Tours.

Se ve precioso
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