Ya han pasado dos años. Setecientos treinta días. Y
sé que ella sigue allí, esperándome. Sé que su olor todavía impregna mi vida,
sé que su sabor es inconfundible. Podría escuchar mil millones de sonidos, que
sabría cuál le pertenece. Yo la hice mía para siempre, la convertí en parte de
mi vida, en mi ser, en una de mis causas. Ella no es más que un recuerdo en mi
mente, pero ese recuerdo está más vivo que nunca, late con fuerza, con ganas de
convertirse otra vez en realidad.
Poco a poco se fue haciendo un huequecito en
mi corazón. Sus tardes, sus paseos, sus cenas, toda Ella se convirtió en algo
sin lo que hoy en día no sería igual: sería distinto, muy distinto. Aún
recuerdo el sonido del agua, el olor a las flores con las que siempre salía
adornada. Sabia, sus tardes a la deriva me dejaban exhausto, aunque siempre
sabía que ese cansancio era la huella que dejaba en mí. Mujer de letras y de
mil batallas, sus caricias erizaban mis pelos, y dejarla me abrumaba hasta el
punto de tener que esperar dos años para escribir esto. Cada atardecer que
pasaba con ella se convertía en un momento único, inimitable; cada atardecer
con ella se convertía en una forma distinta de belleza, de amor por la vida,
por respirar tranquilo. Su encantador verbo fue lo primero que me atrajo, el
mejor para muchos.
Continuaron sus gestas, sus hazañas, el haber sido la
anfitriona de reyes y reinas, de emperadores. Tomar una pinta con ella podía
hacer detenerse el tiempo. En su compañía cada pequeño detalle se convertía en
algo nuevo, siempre me sorprendía. En cada esquina, en cada calle, ella tenía
algo para mi, algo que no había visto antes y con lo que conseguía sacarme
siempre una tonta sonrisa. Me alumbraban sus luces cuando el camino era oscuro,
y ahora recuerdo todas las noches que pasamos juntos y volvimos juntos a casa.
Dos años después, o como dicen los románticos franceses: deux années après…ese
sentimiento por ella no ha hecho más que fortalecerse. Y es un sentimiento
latente, vivo, ardiente deseo de volverla a ver. Quizá, dentro de poco mis ojos
la vean otra vez. Puede que nos veamos sin quererlo, pero deseándolo con
fervor. Algún día volveremos a estar juntos, se lo prometo (porque puedo y
quiero).
Porque, señoras, señores, no hablo de otra. Esta es Tours, y la amo.
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